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Era noviembre, el clima ya había cambiado. El aire soplaba suavemente mientras se instalaba el frío de invierno. Había visto a esta chica desde hace meses en el trabajo, no había tenido la oportunidad de hablarle ya que estaba siempre ocupado haciendo algo. Hasta que me promovieron y agarré un poco de valor.

Le seguía los pasos y la observaba con tál vehemncia que ellá lo notaría. Después de hablarle por unas semanas, la invité a salir por un café. Una tarde al terminar la jornada laboral nos dirigimos a un Starbucks por Market Street en los Woodlands. Era una noche clara, las luces iluminaban la mesa en donde nos sentamos. Su pelo y sus labios rojos parecían estar en armonía con la taza de café roja. Tenía un vestido negro que hacía resaltar su figura. Ella y la noche parecían dar un aire de total parsimonia, lo cual relajaba mis nervios. La flaca de piel morena y labios rojos de San Luis Potosí me traía loco. Me recordabá a The Corn Poppy por Kees Van Dongen aunque siempre detesto esa pintura.

Hablamos por un tiempo de todo y de nada, riéndonos del trabajo, la escuela y otras trivialidades. Esa noche era bella, le pedí que se parara para tomarle unas fotos. Me miró fijamente con sus grandes ojos cafés, me sonrío y con gusto se tomó una foto.

Su pelo largo, piel morena, ojos grandes y labios rojos cautivaron algo en mí. Posó entonces como toda una musa y a mi mente se me venía la frase de Pablo Neruda que dice “Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida.”

Después de platicar por un rato, decidí llevarla a su casa. Ella me dijo que tenía frío y le agarré la mano para comprobar lo que me decía. No solté su mano en todo el trayecto de Market Street a su casa.

Cuando llegamos a su casa. Ella me dijo que se la había pasado muy bien. La miré con esos ojos cafés que me miraban con tanto cariño. Nos reímos una vez más y traté de besarla, pero ella me dijo que quería tomarse las cosas con calma.

Siendo yo un caballero respeté su decisión, pero le dije que me besará la mejilla. Me dio una sonrisa y me marcó el labial en el rostro.

Sabía entonces que ese sería el comienzo de algo completamente nuevo.

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